A inicios de este siglo era común ver en los aeropuertos argentinos a familias y amigos desgarrados porque alguien cercano se veía forzado a buscar fortuna en otras geografías. En cambio, actualmente La Nación y Clarín enfatizan el “éxito” de gente común que se va del país y “ahora es feliz”.
Por Ricardo Haye
Un querido profesor español recurría al refranero popular de su país para graficar algunas convicciones y repetía aquello de que “el buey no es de donde nace, sino de donde pace”.
Emigrante él, al fin de cuentas, casi de chiquilín había abandonado una Castilla adherida al concepto de la “España profunda” (y subdesarrollada) para encontrar mejores condiciones de vida en una Catalunya pujante.
La idea que preside el enunciado es que nuestro desarrollo tiene más que ver con nuestras compañías y los contextos en que vivimos que con los lugares en los que vinimos al mundo o el linaje que tenemos.
Eso lo sabe el pueblo israelí, que soportó una dispersión conocida como diáspora y lo conocen millones de compatriotas latinoamericanos, a quienes la violencia ejercida por los regímenes dictatoriales y el quebranto económico y empobrecimiento auspiciado por gobiernos neoliberales han obligado a buscar horizontes más apacibles y venturosos.
Estremecen las imágenes de tantos guatemaltecos y demás pueblos de centro América en su intento de cruzar México para arribar a la presunta meca estadounidense que, por un lado, se ha cansado de repeler sus intentos de asentamiento y, por otro, utiliza a los que consiguen llegar para realizar tareas que los nativos del norte desprecian.
Solo cambia la geografía, pero no la angustia existencial de los norafricanos que en precarias pateras procuran cruzar el mar Mediterráneo y alcanzar la misma bienaventuranza que el profesor cuyo recuerdo abrió este texto.
Los desarraigos siempre son exigentes y muchas veces dolorosos, porque es imposible que cada quien lleve consigo todos sus afectos allí donde pretende rehacer su vida. Además, suponen requerimientos de incorporar idiomas (o idiolectos, si se desplazaran a lugares con una lengua común), pautas sociales y hasta hábitos alimenticios.
Hace muchos años Alfonso Barrera Valverde, diplomático ecuatoriano que se desempeñó en nuestro país en los primeros años de la dictadura cívico-militar-eclesial iniciada en 1976, nos contó que había realizado gestiones ante los jerarcas de ese régimen tras la desaparición del escritor Haroldo Conti. Sus reiterados avisos acerca de que esa acción sería difundida en los medios culturales de todo el mundo no hicieron mella en la piel gruesa de los trogloditas que gobernaban la Argentina a sangre y fuego. Sin embargo, el apoyo fraterno llegado de afuera permitió que Marta Scavac, la compañera del autor de “Mascaró, el cazador americano”, pudiera emigrar a Suecia. Barrera Valverde recordaba que, al reencontrarla algunos años más tarde, vio a una mujer desasistida, solitaria, luchando en un medio que desconocía y con grandes dificultades de comunicación pues no conseguía hablar el sueco. Pese a la voluntad de amparo de una sociedad desarrollada, Marta era una presencia más en los grupos marginales de esa comunidad. “Casi no soy testigo de perseguidos que hubiesen abandonado su país y se encuentre bien”, cerraba el representante ecuatoriano.
Una situación muy similar fue estupendamente representada en la película de Jorge Coscia y Guillermo Saura “Mirta, de Liniers a Estambul” (1987), que relata las desventuras de una pareja de jóvenes argentinos empujados fuera del país y sus dificultades para adaptarse a realidades diferentes.
Quizás por todo ello, para muchos compatriotas exiliados fue tan cautivante la iniciativa de repatriación puesta en marcha a través del Programa Raíces, lanzado en 2003 e institucionalizado legalmente en 2008. Gracias a esa política, alrededor de mil científicos hicieron sus valijas en el extranjero y pegaron la vuelta a casa.
A comienzos de este siglo, los aeropuertos argentinos en los que solía ser mayoritario el clima festivo de los que tenían la fortuna de viajar se transformó radicalmente y la escena pasó a ser dominada por situaciones lacrimógenas de familias y amigos que se desgarraban cuando alguno o varios de sus integrantes se veían forzados a buscar fortuna en otras geografías.
En estos días un fuerte contraste se evidencia en las reiteradas historias de vida que publican La Nación y Clarín enfatizando el derrotero exitoso de gente común que “ahora es feliz”.
Fuente: Va con Firma





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